.barbecho
Waldo Pérez Cino (La Habana, 1972). La demora, su primer libro de relatos, se publicó en La Habana en 1997. Desde entonces reside en Europa. Recientemente ha publicado un volumen de poesía, Cuerpo y sombra (2010) y los relatos de La isla y la tribu (2011) y El amolador (2011).El frío
Lasitud de lasitudes. Los ojos bajos: los ojos
encajados en el libro. Las páginas frías, dice,
del libro que acompaña la cuenta de los días.
Afuera cae la nieve. El frío de afuera no es el frío
que nombra la lectora cuando dice
que las páginas se deshacen, se le quiebran
como escarcha entre las manos. El frío
de las páginas es distinto del invierno, ajeno
incluso a la sucesión de los inviernos,
a las estaciones del tiempo. Mira, dice,
fíjate: mira cómo las recorre un hilo
de agua turbia, un arroyuelo. Sigue mi dedo,
mira cómo corre sinuoso entre los pliegos
un canal de sangre y de mentira. El sinsentido
aloja en sí mismo todo el mal, toda la ciencia
donde cuaja el dolor, donde se rompen
las vasijas que contienen el agua de la nieve
(de la nieve ahora sí fuera, la nieve cuando cae):
las vasijas que conservan el agua de la lluvia,
el agua del esplendor y de la sed
guardada entre paredes tan frágiles de barro,
las membranas que retumban cuando pasa
cerca el concierto de los hombres,
cuando las acarrean en andas los esclavos.
Mira, fíjate. Hasta la yema de los dedos
se vuelve negra por la tinta, tizón de tiempo
presentido o allá lejos, del tiempo o del pasado.
2011 © W Pérez Cino
Medea
Una historia con rehenes, una historia
de amor y de horror en el desierto.
Un rencor hediondo como el cuerpo
estragado, pútrido de un súcubo.
Qué exorcismo
o qué pasado sin vuelta o qué remedio
que deshaga la lápida del odio, la energía
laboriosa con que tejen, puntaditas,
sus dedos amarillos la penumbra
sórdida y fétida del odio.
Afortunados los que nunca
han visto frente a frente el rostro
los que a gritos no han oído
la voz cerril del odio. Suerte, suerte
la de quienes no la conocen:
la de todos aquellos que se afanan
en llegar a buen puerto y todavía
consiguen despertarse a tiempo,
serena fortuna de los que pasean
su tranquila ignorancia los domingos.
Felices, sólo, los que no la conocen:
los que van y vienen sin que el día
les carcoma el tiempo, sin que medie
otra puntada de sangre en el muñeco
vivo que la rabia tortura cuando sangra.
Felices los que viven solos, los que almuerzan
tranquilos sin que siempre arrumbe
como un verdugón en el pasado aquella franja
del miedo, sin que recurra a ratos
el año aquel oscuro que no cesa: sin las preces
de la muerte que de nuevo rumia
entre dientes separados su venganza.
2011 © W Pérez Cino
La trifulca de los pájaros
Una garza. Gaviotas. Un canal que desemboca en el mar. Un canal de agua verde y rodeado de árboles que probablemente desemboque en el mar y tres copas de vino en una mesa vacía: tres copas de vino vacías encima de una mesa de tablones rojos. No sé cómo se llame el sonido de las gaviotas (graznidos dice otra cosa, pero no sé cómo se llame eso que hacen). Entonces: revolotean en círculos, graznan. Una reunión (una asamblea, la asamblea de los pájaros: así se llama un poema de Farid ud-Din Attar, que además de un poema es una alocución sobre Dios, que en el poema es el pájaro Simurg) o más que una reunión, ésta de ahora, mera trifulca de pájaros. Dicho de otro modo, tremenda bronca. Por el alimento, por qué si no: pan que alguien arrojó a las palomas. O a los patos. No creo que a las gaviotas. Las copas peligran entre tanta pluma. Nadie lleva pan a las gaviotas, nadie. Nadie espera despierto su último día. Nadie sabe.
2011 © W Pérez Cino